4 de noviembre de 2010

Ga.Ga.Ma

Discurso excepcional que he tenido que leer hoy en clases. Espero que os guste igual que a mi.


Botella al mar para el dios de las palabras
Gabriel García Márquez

A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que
pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me
dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los
mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para
las palabras.
Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio
bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda
extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con
tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras
inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles
de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces
públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras
del amor.
No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que
ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se
mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.
La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es
un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino
por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de
expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos
millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en
los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre
latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y
cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el
órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que
tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los
hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado
por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la
Guajira colombiana rechazo un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don
Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que
el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un
café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?
Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su
pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario,
liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa.
En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática
antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes,
aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para
enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos
antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros,
los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor
de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso
muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde
la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y
pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima
donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra
ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?
Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le
lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos
nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo
aquella bicicleta providencial de mis doce años.

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